Acabo de conseguir un reportaje que apareció hará un par de semanas en El País Semanal acerca de Neumayer, una estación polar de investigación situada en la Antártida.
Siempre me han entusiasmado un poco todas estas estaciones de investigación, como por ejemplo el Makrolab. Por eso, y coincidiendo con la publicación de ese reportaje me he decidido a escribir un poco sobre ello, saliéndome un tanto de la [mono]temática general de este blog.
La Neumayer II es una base antártica enterrada en el hielo para permanecer a una temperatura más estable. Dependiente del Alfred Wegener Institute (AWI) de Bremerhaven, y por tanto del gobierno alemán, es la sucesora de la Neumayer I construída a principios de los 80 y cuenta con unos dos años más de vida, hasta que hagan la mudanza a la Neumayer III mientras la II se va hundiendo en el hielo y es arrastrada por el glaciar en el que ha sido construída.
Cuenta con una serie de antenas en el exterior que proveen actualmente de acceso a Internet permanentemente, pese a que hace unos años la conexión con el exterior se hacía via radiotelégrafo si las condiciones lo permitían.
A varios kilómetros de distancia se encuentra una estación meteorológica que a través de cables se comunica con la Neumayer (lat: 70º 39′ S, long: 8º 15′ W), aportando distinta información para los estudios científicos que allí se llevan a cabo.
Con dos centrales eléctricas de fuel (que hacen de calefacción y de fundidor de nieve) y un generador eólico de 20 kW, un pequeño hospital con quirófano, dos laboratorios de geofísica y dos de meteorología, los pertinentes lavabos y dormitorios, la cocina, la sala de estar, el gimnasio, salas de radio y administración y el taller toda la tripulación tiene que apañársela durante los 14 o 15 meses que pueden llegar a estar allí. Son 3000 metros cuadrados distribuídos en dos tubos interconectados por un pasillo que hace las veces de parking de las motos de nieve y otros vehículos.
La tripulación: entre nueve y diez personas, de ambos sexos desde hace 10 años, desde el médico que gobierna la base hasta los meteorólogos y geofísicos, pasando por el cocinero, el electricista, el ingeniero y el radiotelegrafista. Pueden ser permanentes, o bien pasajeros, que residen durante dos meses, normalmente fuera de la base. Todos ellos tienen que pasar por una serie de tests físicos y síquicos: mantener la convivencia con las mismas ocho personas durante tantos meses en un espacio tan reducido y tan alejado de toda ayuda es esencial (la base más cercana es la SANAE-IV sudafricana, a 225 kilómetros al sur). Además el AWI se ocupa de instruírles bien en el reciclaje, ya que tan sólo 2 ó 3 veces al año el rompehielos Polarstern pasa a 8-10 kilómetros de allí a recoger la basura y a cambiar de personal, y en última instancia a desmantelar y retirar toda la estación. Poco se puede salir de la estación, contando con que en invierno pasan dos meses de casi continua oscuridad y cuando finalmente sale el sol llegan a producirse corrientes de aire de hasta 200 km/h.
El trabajo que se hace allí es esencialmente la investigación del entorno, o más bien, la influencia del resto del mundo en ese entorno, que ha mostrado ser un buen sensor de los grandes cambios de la humanidad (p.ej. la revolución industrial). En el hielo que del suelo extraen se puede apreciar cómo ha ido cambiando la composición de la atmósfera durante el útimo siglo. La composición del aire, la capa de ozono, la radiación solar, meteorología, corrientes marinas, movimientos sísmicos, estudios sobre los ecosistemas microbianos bajo el hielo, etc. Una gran variedad de estudios especialmente útiles hoy en día que tanta alarma se ha creado con el cambio climático.
La verdad es que desgraciadamente no encuentro un sitio para un informático en una de estas bases como no sea el de ingeniero, aunque la verdad es que para llegar a estar en una de ellas no sólo hay que ser bueno, si no también tener bastante suerte y tener ciertas cualidades de convivencia.
En ésta han participado algunos españoles durante alguna expedición, pero bases españolas de este estilo tan sólo hay dos, frente a las seis que tiene el AWI. Son la Juan Carlos I, en la isla de Livingston, y la Gabriel de Castilla, en la isla Decepción, ambas al norte de la península antártica y creadas a final de la década de los 80.